Universidad Nacional Autónoma de México
Dirección General de Servicios de Cómputo Académico
Año 7 Núm. 74, Publicación Mensual, 27 de Noviembre de 2008

ARTÍCULOS

 

Año 2, Número 18, Abril de 2003
Los papiros del futuro

Erik Huesca Morales
ehuesca@servidor.unam.mx

 

Es paradójico que, en plena era digital, sea más fácil buscar, consultar y obtener información a través de un simple expediente de papel, de un archivo muerto y en una biblioteca tradicional, que acceder a ésta cuando se encuentra guardada en formato electrónico en una cinta de carrete abierto de una microcomputadora, o que se conserva en formatos de archivo correspondientes a programas in-existentes que no están a la mano, o en dispositivos que se dejaron de utilizar.

Lo valioso de la información no es saber que existe, sino tener la certeza de que se encontrará disponible en el momento preciso que se requiera y, más aún, que se podrá procesar.

La necesidad humana de transmitir y compartir el conocimiento de las civilizaciones a lo largo de la historia, así como de buscar los medios físicos que garanticen que dicha información pueda perdurar, me lleva a recordar cuando los escribas, los monjes, los mayas y todos los pueblos que escribieron su historia, hicieron de las piedras y de los libros una herramienta indispensable para transmitir el conocimiento. Ahora, en la sociedad de la información, como muchos autores han denominado a nuestra era, nos enfrentamos a dos problemas muy serios y difíciles de resolver: por un lado, debemos definir cómo vamos a almacenar la información para que perdure y sea accesible; y por el otro lado, nuestra sociedad se enfrenta al hecho de haber realizado enormes y costosos esfuerzos para producir o convertir información a for-matos digitales, bajo el espejismo de contar con el acceso a las ideas del pasado, en una búsqueda eficiente, inmediata y confiable que, hoy, ya no es viable en muchos casos.

Si el conocimiento generado día con día, no se almacena de manera segura y con amplia disponibilidad de acceso, estamos ante la situación de convertirlo en un bien cultural desechable.

Frente a esta situación, se corre el riesgo de convertir a la informática en una disciplina cuyo sustento sea hacer de la información un objeto de con-sumo, es decir, si no se almacena al ritmo del cambio tecnológico o, al menos, del marcado comercialmente, el conocimiento será tácitamente desechado bajo la pura y plena regla del consumo Taylorista.

Ante esta problemática, sobre la preservación del conocimiento, surgen varios caminos: uno de ellos es ver la digitalización de información como símbolo y bandera de la modernidad del conocimiento; por consiguiente, como escalón en la evolución de nuestro conocimiento.

La celulosa y la tinta

Otro camino es continuar con la tradición de la celulosa y tinta. ¿Qué hacer? Seguir por la senda borrosa de la digitalización que nos lleva a preservar información por poco tiempo o, regresar a la preservación de largo plazo con el uso de materiales conocidos como son la piedra y el papel. ¿Cómo balancear?

Se me ocurre explorar algunas respuestas, la primera, sería darle rienda suelta al "Juan Pablos" que llevamos dentro, es decir, imprimir a toda costa y hasta el cansancio los archivos deseados, para conservar en una tonelada de papel lo que podría desaparecer si estuviera digitalizado.

Esta solución seguramente no es la correcta, dado que el papel industrial tiene una vida media de unos 10 años; después de ese tiempo, se puede ver cómo se amarillean las hojas y se pasan de página las letras, convirtiendo nuestro documento en una ensalada de letras y pedazos de papel, además del espacio físico que ocupa, y la enorme desventaja de que sólo se puede consultar si se acude presencialmente y, si adicionamos, que con el advenimiento de los medios electrónicos, incluyo aquí a la computadora, se desató la locura multimedia, en lugar de guardar sólo ideas en papel, también nos enfrentamos a la necesidad de guardar movimientos y sonidos que resulta imposible conservarlos en papel.

Una segunda solución

Consiste en caer en una interminable carrera de digitalizar todo lo que se encuentra en formato analógico, además de la necesidad de tener que realizarlo nuevamente, después de algunos años, debido a que se encuentra en formatos, programas y dispositivos caducos. Así, la digitalización se realiza en los formatos de moda, con el riesgo de caer en la espiral que implica el desa-rrollo tecnológico y los nuevos formatos, programas, dispositivos, técnicas, etcétera.

Ustedes dirán hasta dónde aguanta su bolsillo. Los medios de almacenamiento, como el CD y el DVD, cuya vida media es de 20 años, sufren a la larga un decaimiento físico de los materiales utilizados para su fabricación. Habría que esperar por los materiales que ahora se encuentran en experimentación, algo así como las teles-pantalla con conexión a la red.

 El problema persistirá: continuaremos empleando los almacenes de información que nos remiten a servidores y discos magnéticos; a menos que éstos se basen en el DNA, proteínas y demás elementos de la bioquímica, los cuales también tienen una vida media. En conclusión, los caminos elegidos no son de largo plazo.

Arqueología digital

Otra opción podría ser contratar a un arqueólogo digital, especialista que por desgracia todavía no existe, aunque puede ser un buen negocio para los que han guardado sus equipos Commodore, Apple II, Sinclare, HP3000, HP900 e IBM 360, sólo por mencionar algunos; no obstante, los “Yuppies” le auguran a esta profesión un destino en el cual está condenada, antes de su aparición, a la extinción institucional.

Todas estas opciones tienen cola que les pisen. Tal parecería que el papel neutro, artesanal y sin ninguna tecnología, es la solución actual para preservar la información y es, en este punto, donde la sociedad del conocimiento debe debatir.

La visión del siglo XVIII sigue pe-sando sobre nuestros hombros, sin embargo, la perspectiva Taylorista de economías de consumo trastoca la máxima sobre el conocimiento, el cual debe perdurar; tal parece que las computadoras actuales, así como los medios digitales caminan en sentido opuesto y, fundamentalmente, sirven para el consumo. Tenemos que seguir en la búsqueda de nuevos materiales que conformen las estelas y papiros del futuro; no es necesario ser tan soberbios y creer en la permanencia del conocimiento, y mucho menos de nuestro lenguaje, que transforma día con día la semántica.

En ese sentido, resulta prematuro augurar que ten-dremos una respuesta unificada y viable a la forma de guardar información y conocimiento en forma digital, y que dispondremos de las herramientas que resistan el paso del tiempo para codificar y decodificar lo digitalizado; en fin, estamos en serios aprietos, la ce-lulosa sigue siendo la opción adecuada o, más aún, la hermosa piedra y el cincel.

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